Textos – Lara Moreno

La primera vez que vi a Iris G-Merás fue en un parque infantil. Uno donde los perros corren sueltos y desde donde puede observarse el atardecer de la ciudad como desde un precipicio. Iba con ella una niña preciosa, de ojos inmensos y claros, más o menos de la edad de la mía. Además, Iris lucía enorme, su barriga era mucho más que una premonición: estaban a punto de nacer los mellizos. Recuerdo que la miré con recelo, con ese recelo falso que se siente por la gente en la que uno encuentra algo parecido a un abismo cálido, una especie de empatía. Tardé un tiempo en hablar con ella, un tiempo en acercarme a su rostro amable, cansado, a su inteligente rostro. Cogí a uno de los bebés en brazos una tarde, mientras ella daba de mamar al otro, mientras la pequeña, súbita hermana mayor, le tiraba de la falda y se quejaba. Ahí ya sabía que Iris era fotógrafa y también era otras cosas: investigaba, estudiaba. En el mismo tiempo, yo había tenido una niña; ella era madre de tres.

Hoy me enfrento a este valiente proyecto suyo con templanza, quizá con timidez. Han pasado unos años desde que yo viví lo que ella se atreve a contar ahora, y me creo en esa tibia posición de quien ya ha recuperado su cuerpo y su individualidad, e intento mirar las fotografías como desde la línea roja que pintan en el suelo en los museos; sin acercarme demasiado. Pero es imposible. Iris ha arrancado la sábana que cubre aquellos días silenciosos y la sábana, tela blanca cuarteada, todavía suave tela de poderosa caída, la tela que nos protegía del bravo sol, del polvo traicionero, de la hiperrealidad, ha caído al suelo como una vergüenza. Qué pequeña es la cotidianeidad cuando la envuelve el silencio, qué insignificante la batalla en soledad. Qué nos cuenta Iris en este libro, más que la pequeña parte invisible de un acto heroico, pero lejano para el mundo de tan repetido, de tan apartado. Invisible acto heroico que no importa, que no prevalece en otro lugar más que en la ingrata memoria de nuestro abismo, de nuestra reconciliación con el amor.

Me asomo una y otra vez a las fotografías de Iris y me obligo a ser sincera. ¿Qué veo? ¿Qué reconozco? ¿Qué me hace sentir miedo, nostalgia, lástima, ternura? ¿Qué hay que yo haya vivido, que hayamos vivido todos? Porque todos, absolutamente todos hemos caminado ese invisible trecho: nacer o ser nacido, traer o ser traído. Dos realidades atadas a un mismo eje, uno inamovible que parece funcionar pase lo que pase: ombligo benefactor, madre tierra desgastada. Y qué es lo que veo, qué es lo que me hace apartar a veces los ojos, o rebuscar con codicia, o detenerme, quedarme, estar ahí donde una vez estuve.

Veo la vida transida por un cuerpo. Veo el deseo de acoger, la entrega. Veo la accidentalidad de la metamorfosis, esa violenta transformación que nos arroja a una nueva imagen, a un terror extraño: porque cómo el amor puede dar tanto miedo. Veo la tirantez de lo que somos, de lo que podemos llegar a ser, la incredulidad. Veo lo elástico de nuestra querencia, lo abominable de la pérdida (el círculo se hace estrecho hasta la asfixia, el círculo se ensancha hasta la sed). Veo la soledad. Veo la soledad. Veo la soledad. ¿Cómo se puede estar sola si ya nunca más estaremos solas? Veo la soledad. ¿Cómo se puede estar sola si esa boca ajena y nuestra nos recoge, nos toma, nos lleva? ¿Cómo se puede estar sola si la mano acaricia, si lo que estuvo dentro está en nuestros brazos, en el hueco de la clavícula, en nuestro estómago, piel placenta, sangre de piel, olor de madre agrio y bienvenido? Veo esos ojos (los ojos de Iris, todos los ojos) mirándome asustados, desesperados a veces, intentando comprender. Veo la renuncia, brazos abiertos para siempre. Veo la aceptación, escamas caídas, cabellera ajena, espalda dolorida de otra, columna serpiente, en cuclillas, muy abajo, de rodillas la noche, la mañana, la tarde hermosa, el grito, de rodillas el día, en cuclillas ahora o nunca. Veo el algodón mojado, las espinas, algo de fuera nos ha atravesado, algo que no era nuestro y ahora somos nosotras, veo esa madre tierra desbordando los suaves pezones que un día fueron pura sensibilidad y hoy son la carne que da de comer, el milagro. Veo la sorpresa: así que el milagro era este, lo más orgánico, lo más visceral, lo cotidiano. Así que el milagro no era tal, eran nuestros huesos ensanchados, nuestra grieta. Qué hay de abstracto en el puerperio: no hay nada, todo es arena, todo es profundidad de campo, ritual repetido y exigencia. Qué hay de sórdido en el puerperio: la belleza, lo irrenunciable, lo que no nos contaron. Recorrer el camino casi a ciegas y de pronto: son invisibles tus pasos ahora, tu idioma es extranjero, lo que eres no está, lo que eras se ha ido, lo que quisiste ser ¿era esto?

Y esto era. Esto que nos cuenta Iris G-Merás con valentía, con delicadeza, sin prejuicios. Casi sin piedad. Esto también era. Fue. Esto fuimos. Una piel desgastada por la fiebre, un revuelo de sombras que solo arroja luz hacia el futuro. ¿Es que del amor hay que recuperarse? También del amor hay que recuperarse. También hay que recoger los trozos del suelo, reconstruir el hogar, el esqueleto. Con los dedos barrer lo que ha dolido, con la mano aplacar todos los miedos, sustituir el hambre por la dicha, el olor de tu hijo, ilusiones escapando hacia la calle, la independencia rota, la risa. El acto más heroico y repetido, silenciar la cobardía, apartar la sábana a un lado y mostrar, ojos inmensos, pupilas cargadas de conciencia, disparar, mostrar lo que no nos contaron porque en realidad no tiene nombre, tiene solo huella y precipicio. Tantas horas pasadas dando abrigo, despojadas de palabras, desmontadas; quién te advierte del tiempo.

Nada ha ocurrido mientras tanto. Afuera todo sigue como antes, como entonces. Regresamos y resulta que no ha pasado nada. Es solo que aquí dentro algo explotó, algo nos abandona: hay lugares en la vida de los que no se regresa, hay huecos que no podrán rellenarse; donde estuvo tu cuerpo ahora queda el vacío, la pertenencia, dulce aire que corre, la única verdad.